En un interesante documento que acabó siendo publicado en sus “Obras Póstumas”, con el
título de “Constitución del Espiritismo – Exposición de Motivos”, Allan Kardec, al final de su
vida física, dejó claras estas dos ideas:

1 – Que los principios espíritas, por estar basados en leyes naturales, tendían a ser
universalmente aceptados por el ser humano. Todos los aceptarían algún día, por tratarse de
“verdades palpables e demostrables”, escribió.

2 – Esos principios, entretanto, deberían ser constantemente desarrollados por los espíritas,
de manera que se asimilasen los nuevos conocimientos de la ciencia, porque  “creado para
el estado actual de los conocimientos, debe  (el Espiritismo) modificarse en la medida en
que nuevas observaciones vengan a demostrarle su insuficiencia y sus defectos”. Allan
Kardec propuso entonces, que esas modificaciones deberían ser “el resultado de los
Congresos, en los cuales, a una revisión periódica de los Estatutos se agregaría la de la
formulación de los principios”. “La revisión – escribió además- será no solamente un
derecho, sino un deber para esos Congresos”.

Las décadas que siguieron a la desencarnación de Kardec fueron bastante pródigas en la
realización de Congresos espíritas en Europa. Algunos de ellos contaron con millares de
participantes, como ocurrió en el Primer Congreso Espírita Internacional (Barcelona, 1888).
En ese mismo período, se realizaron Congresos espíritas y espiritualistas en París, Londres
y otras importantes capitales europeas.

Las dos Grandes Guerras Mundiales, las dictaduras que a ellas sucedieron, las crisis
económicas  que siguieron a esos conflictos mundiales, fueron algunos factores que,
además de debilitar el movimiento espírita mundial, opusieron inmensas dificultades a la
realización de Congresos espíritas. Otro factor también contribuyó de manera muy particular
para que, por algún tiempo, los Congresos espíritas fueran olvidados: la implantación de la
“religión espírita”, especialmente en Brasil, el mayor país “espírita-cristiano” del planeta.
Habiéndose transformado el Espiritismo, a partir de esa influencia,  básicamente en una
cuestión de fe, se hacía dispensable y hasta poco recomendable que las creencias por él
adoptadas fuesen objeto de discusiones, debates, posibles disensos, y, mucho menos, que
en los Congresos se produjesen alteraciones.

El surgimiento de la Confederación Espírita Panamericana en 1946, en Argentina,  fue
decisivo para que se rehabilitase en el movimiento la práctica de los Congresos. Previstos ya,
en sus Estatutos iniciales, como órganos máximos de deliberación, e inclusive, de adopción
de nuevos conceptos doctrinarios, los Congresos desde entonces, tuvieron, en el ámbito de
la CEPA, una regularidad nunca interrumpida. Luego se  crearon también las llamadas
Conferencias Regionales, como instrumentos complementarios para servir a esos objetivos.
Con la celebración del Congreso de Puerto Rico, la CEPA llega a los 33 eventos
internacionales de esa magnitud, realizados en los 62 años de la institución, que serán
completados en 2008, año del evento.

Esa atención a lo que recomendó Kardec, aunque haya transformado a la CEPA en el curso
del tiempo, en un movimiento cuantitativamente menor frente a los valores numéricos del
llamado “movimiento espírita religioso o evangélico”, es testimonio vivo y elocuente de  
fidelidad a Allan Kardec, un siglo y medio después del lanzamiento de su obra. Queda
también patentizada la contribución dada por la CEPA al movimiento espírita como un todo,
en la medida en que nadie más se atreve a discutir acerca de la conveniencia o no de los
Congresos espíritas, aun cuando éstos no sean siempre realizados en los moldes y con los
objetivos recomendados por Kardec.     
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KARDEC, LOS CONGRESOS Y LA CEPA
Milton R. Medran Moreira
Presidente de la Confederación Espírita Panamericana
CEPA
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